Los «nacionalistas españoles» no existen: son un invento de los verdaderos nacionalistas.

Hoy publicamos un gran artículo escrito por Pedro M.Larrauri, de Vigo. Es realmente bueno y nos muestra el absurdo al que llegan los nacionalismos en nuestro país, que en su afán de lograr una independencia sin fundamentos llegan a la manipulación y a usar etiquetas erróneas como «nacionalistas españoles» o «fachas «, para aquellas personas que  simplemente se sienten orgullosos de pertenecer a España. Esperamos que os guste y sea de vuestro interés.

La palabra «nacionalismo» nos hace pensar en un pueblo, en un colectivo de personas, que afirma su naturaleza de nación: y que aspira a constituirse en un Estado independiente. El filósofo y sociólogo Ernest Gellner, experto en la materia, afirmó: «El nacionalismo inventa naciones donde no las hay».

Una colectividad llega a declararse nacionalista partiendo de vínculos de raza, religión, pasado histórico común, territorio compartido, variedad idiomática hablada, identidad cultural, percepción (real o imaginaria) de ser discriminados por un gobierno estatal centralista…

Esos sentimientos se consolidan como una ideología y acaban construyendo un movimiento (político o militar) que crece y eclosiona en una lucha por la independencia, que puede ser más o menos pacífica o violenta.

Los nacionalistas unas veces consiguen su objetivo y otras no.

Ser nacionalista y luchar por la independencia es algo absolutamente respetable. Lo que no es respetable, en cambio, es que los nacionalistas empleen (para tratar de lograr sus objetivos) la mentira, la manipulación, la opresión, la ilegalidad o, directamente, la violencia.

En el mundo hay varios procesos nacionalistas en curso, que muchos esperamos terminen positivamente, como el palestino y el saharaui; y otros de más difícil resolución, como el del pueblo kurdo. La Historia nos ofrece ejemplos de movimientos nacionalistas que triunfaron, como el liderado por Gandhi para conseguir la emancipación de la India del Imperio Británico; o el proceso militar que Simón Bolívar comenzó en Venezuela hace 200 años contra España… Otros movimientos nacionalistas fueron aplastados por la fuerza, como los de Chechenia y Biafra, y en cierta medida el del Tíbet.

En Europa podemos encontrar nacionalismos activos, como el de Escocia (no están contentos con su actual integración en el Reino Unido) y el de Córcega (con respecto a Francia). Pero sobre todo hay nacionalismos en España, siendo preponderantes el catalán y el vasco; aunque también el navarro, gallego, valenciano y balear.

En la última encuesta del CIS que preguntaba sobre los principales problemas de España (la de noviembre de 2015), «los nacionalismos» ocupaba el puesto nº 10 de lista, por encima de la inseguridad ciudadana, la vivienda y la inmigración. Por supuesto que hay otros problemas prioritarios, pero es indiscutible que esos nacionalismos suponen un problema para nuestra sociedad.

Para un nacionalista, como para un creyente de cualquier religión, la existencia de su nación es indiscutible, y cualquiera que lo niegue o se oponga al proceso independentista es «un infiel». De manera similar a como actúan los líderes religiosos, los líderes nacionalistas manipulan los sentimientos de quienes consideran co-nacionales, a través de la educación y del control de la información y la cultura, promoviendo un peculiar fanatismo nacionalista, impregnado de victimismo y de afán de revancha contra el Estado en el que están integrados, Estado al que considera opresor, y del que destacan continuamente todo lo que les diferencia de ellos. Y acaban imponiendo en su ámbito territorial de influencia un pensamiento único, obligatorio y excluyente: «el que no es nacionalista es nuestro enemigo».

Y si además tienen un idioma diferente (lo que no es imprescindible para crear un sentimiento nacionalista) hacen todo lo posible para imponerlo como lengua única, discriminando y poniendo trabas a los que hablan la lengua oficial del Estado (el español o castellano). Puedo dar fe de lo que pasa en Galicia, donde vivo desde hace 33 años, y donde curiosamente miles de ciudadanos llevamos años sufriendo esa opresión lingüística, tanto con gobiernos del PP como del PSOE, que ceden vergonzosamente ante las exigencias nacionalistas, aunque todos ellos cínicamente nieguen que haya imposición y falta de libertad. Los nacionalistas gallegos identifican ser nacionalista y hablar gallego con ser buen gallego, con merecer el «título» de «gallego de pura sangre»: y quien no comparte esa «fe» es considerado un hereje, un enemigo de Galicia… y es invitado «amablemente» por ellos a abandonar «su» tierra.

Como en las religiones y otras sectas, el hecho híper valorado de pertenecer a una nación con una cultura peculiar, económica y políticamente fuerte (o al menos diferenciada), da a las personas que se suman a ese movimiento una agradable sensación de pertenencia, de superioridad, y deja de importarles su propia contribución a la tarea común. Es algo similar a lo que les pasa a los hooligans, a los hinchas radicales de un equipo de fútbol… (Por supuesto que hay excepciones y nacionalistas moderados, y tengo buenos amigos que lo son: pero he comprobado que es muy distinto cuando se habla uno a uno con ellos, que cuando se juntan y entran en estado de «fervor» político).

Resulta razonable que los nacionalistas de esas comunidades autónomas citadas, que han demostrado que para ellos el fin justifica los medios (ya que alteran la historia y la realidad, y mienten llegando a considerarse una nación que ha sido invadida y está sometida a una dictadura, de la que sería justo liberarse con las armas, como siempre han defendido los proetarras), manipulen la realidad y utilicen reiteradamente el término nacionalista español para aplicarlo despectivamente a quienes nos oponemos no a sus sentimientos, sino a sus presiones e ilegalidades; y sobre todo a su pretensión de lograr la independencia sí o sí, sin tener en cuenta que todos los españoles estamos unidos por unos vínculos legales y por unas leyes que decidimos entre todos, que nos garantiza los mismos derechos y libertades, y que nos conceden a todos los conciudadanos del Estado el poder soberano sobre todo nuestro territorio.

Muchos nacionalistas no quieren entender que, en la medida en que su nacionalismo deja de ser un sentimiento y les lleva a cometer abusos y a reivindicar su secesión e independencia de España, la mayoría de los españoles nos declaramos totalmente en contra de esa pretensión, y por lo tanto antinacionalistas.

Pero no es correcto que nos llamen nacionalistas españoles, pues los españoles ya constituimos un Estado, y no pretendemos cambiar nuestras fronteras: ni lo permitiremos, salvo que algún día sea decidido por todos los españoles. Y además, queremos a España, Nación y Estado, en donde hemos nacido, y respetamos la ley suprema que en democracia nos hemos dado los españoles: la Constitución (lo que no quita que muchos queramos reformarla). Por ello amamos como propio todo lo que nos une y nos pertenece, también lo que catalanes y vascos consideran equivocadamente exclusivamente suyo: su cultura, lengua, triunfos, paisajes y creaciones…, que son patrimonio de todos los españoles. Igual que el éxito en cualquier ámbito de la vida de un tarraconense es tan catalán como el de un gerundense, el éxito de un barcelonés es tan español como el de un sevillano.

Los nacionalistas pretenden imponer sus sentimientos y creencias para separar la parte de España en la que viven del resto de España. Sólo cuando lo logren cejarán en su empeño. Eso queda muy bien reflejado en la frase que dijo el nacionalista valenciano-catalán Joan Fuster: “Tenemos unas terribles ganas de dejar de ser nacionalistas, pero no nos dejan”.

Pueden seguir manipulando (mintiendo) y llamarnos a los que nos oponemos a sus pretensiones «nacionalistas españoles»: pero es un sin sentido, y ellos saben que no lo somos. Tenemos muy claro que la soberanía nacional reside en el pueblo, en todos y cada uno de los ciudadanos españoles, y no en el sentimiento de pocos o muchos. Cada uno es libre de sentirse español, andaluz, catalán, vizcaíno, vigués, vallecano o ciudadano de un mundo sin fronteras…: pero ese sentimiento diferencial compartido con otros no le da a nadie el derecho a reunir a los que sienten lo mismo que él y a exigir al resto de los españoles que ese colectivo se constituya como un Estado independiente, apropiándose además del territorio del Estado que actualmente ocupan…

Por todo ello, y en relación con los nacionalismos catalán, vasco, etc., la mayoría de españoles nos declaramos antinacionalistas. El término «nacionalista español» podría aplicarse a todo aquel que ama a España, pero supondría un uso impropio de la palabra nacionalista. Por cercanía, conozco a muchos portugueses que aman Portugal, que se pueden calificar de patriotas: pero a nadie se les ocurre llamarles «nacionalistas portugueses».

Nacionalista español es una falacia, un constructo falaz y defensivo que demuestra la falta de argumentos de los nacionalistas que tenemos en España, y a los que se puede aplicar el refrán: cree el ladrón que todos son de su condición.

2 thoughts on “Los «nacionalistas españoles» no existen: son un invento de los verdaderos nacionalistas.

  1. Julio Gómez López 1 abril, 2016 at 11:36 am - Reply

    Es un claro concepto de lo que ha pasado y sigue pasando en España. Hay que tener las cosas muy claras para saber dónde está el rival y más allá, el nemigo

  2. N 2 agosto, 2018 at 3:16 am - Reply

    Jajajajajajjaa nazionalistas espanyoles renegando jajajajaj

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